viernes, 29 de enero de 2010

Queridos amigos:

Uno de los objetivos de nuestra Asociación y así se recoge en los estatutos, es la ayuda a la infancia, canalizada por ejemplo, en ayudas a otros orfanatos.

En estos terribles momentos que Haití está viviendo, todos habremos deseado ayudar en la menor o mayor medida, de acuerdo con nuestras posibilidades.

Pero nosotros, queremos ofreceros una más. Que además tiene el aliciente de ser una idea preciosa, que a través de las palabras que Esperanza Rodríguez, presidenta de esta Asociación escribió a su hija en forma de cuento, hoy, esas palabras, además de ser ese cuento precioso que nació del corazón, son un puente de ayuda para Haití.

Aquellas personas que quieran colaborar, pueden hacerlo comprando el cuento, cuyo precio es de 8 euros, y cuyos beneficios irán a Haití, para ayudar a esos niños y niñas que ahora se encuentran más desamparados que nunca.

Así que si deseáis adquirir uno, no tenéis más que comunicarlo al correo de la asociación, y el día de la fiesta infantil se os entregarán.

Sabemos que no corren buenos tiempos para las economías familiares, pero recordad, que al otro lado del mar, las aguas azules del Caribe bañan ahora mismo de tristeza a un país entero.

Y sabemos que de solidaridad, TODOS vosotros, tenéis el corazón lleno.

Muchas gracias.

viernes, 12 de junio de 2009

Artículo. " Adoptar: el entusiasmo que lo puede todo".


En la revista Sierra Albarrana en su número 119, abril-mayo 2009, ha publicado Nati Gavira una artículo sobre nuestra Asociación Tejiendo Sueños. Se puede descargar y está a partir de la página 34.

domingo, 19 de abril de 2009

Presentación Charla Adopción y Salud.

El pasado día 17 de abril, la Asociación Tejiendo Sueños programó una charla coloquio sobre Adopción y salud. En ella el ponente fue el doctor Francisco Javier Navarro Quesada, Pediatra. Aquí está la presentación que sirvió de guía a su detallada, fructífera y enriquecedora exposición. Aprovechamos para agradecer el esfuerzo que ha realizado,la atención que nos ha dispensado y su buen hacer profesional.



Aquí añadimos por escrito bastante de los contenidos tratados en la Charla-Coloquio.
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sábado, 10 de enero de 2009

Una nueva adopción. “ Alba viene a casa ”



Hacía ya varios días que Mari-Lú notaba que “algo raro” pasaba en casa.
Sus padres iban y venían, entraban y salían, hablaban con cierto tono de nerviosismo y procuraban que ella no estuviera delante cuando lo hacían.
Pero un día, nuestra amiga, cansada de tanto misterio, se colocó delante de su mamá y le preguntó:
- ¿Se puede saber qué ocurre? ¿Por qué habláis bajito cuando me acerco y por qué estáis tan ocupados últimamente?
Su madre, un poco sorprendida por la reacción de su hija, le prometió que le contarían todo cuando llegara papá a la hora de comer.
Y, efectivamente, cuando llegó el momento y se encontraban los tres juntos sentados alrededor de la mesa, su papá le dio la ¡gran noticia!
Con un gesto un poquito más serio de lo normal, le dijo:
- Mari- Lú, hija, hay algo muy importante que queremos decirte. Sabes que hace ya algunos años, mamá y yo fuimos a buscarte a un país muy, muy lejos de aquí porque queríamos tener una preciosa hija como tú. Así lo hicimos y, desde entonces, hemos sido muy felices los tres. Ahora, mamá y yo hemos decidido que ha llegado el momento de volver a ese lugar, a “La Casa de las Princesas Preciosas”, donde tú creciste los primeros años de tu vida, y recoger a otra pequeña niñita, que será nuestra nueva hija y que también será tu hermana.
Mari-Lú, con unos ojos abiertos como platos, se quedó mirando fijamente a sus padres sin saber qué decir, solamente, con una voz entrecortada y nerviosa, exclamó:
- ¿Una hermana? y ¿para qué quiero yo una hermana?
Las lágrimas asomaron a sus rasgados ojos y, pegando un salto de la silla, salió corriendo hacia su habitación.
Tendida en la cama, escondió su pequeña cabecita debajo de la almohada y allí lloró “a moco tendido”.
Poco a poco se fue quedando dormida. Volvió a soñar, como lo había hecho en otras ocasiones, con los preciosos jardines por los que correteaba cuando era pequeñina, antes de que papá y mamá fueran a buscarla. Pero esta vez una pequeña niña estaba a su lado, cogida de su mano y mirándola con expresión cariñosa.
Sintió que la abrazaban. Se despertó y vio a su mamá junto a ella, sentada en el borde de la cama, acariciándole la espalda. Mari-Lú se volvió y la abrazó muy, muy fuerte.
- ¿Seguiréis queriéndome?, preguntó susurrando.
- ¡Claro que sí! contestó su mamá. Tú seguirás siendo siempre, pase lo que pase, nuestra querida hija. Nada cambiará entre nosotros, sólo que nuestro cariño será mucho más grande, para poder cuidaros y que os sintáis queridas y protegidas.
Las dos siguieron abrazadas y así estuvieron un buen rato.
Pasaron los días y no volvieron a hablar del tema, hasta que una tarde, al volver del cole, sus papás la tomaron en brazos, la sentaron junto a ellos y le mostraron la foto de una niñita con carita redonda y mofletes sonrosados que los miraba sonriendo.
- Ésta es Alba, nuestra nueva hija, dijo su padre.
- ¿Es también mi hermana?, preguntó Mari-Lú.
- Sí, pequeña, dijo mamá, es nuestra hija y, por lo tanto, tu hermana. Nos han enviado esta foto para que la conozcamos, pero pronto iremos a recogerla.
Mari-Lú tomó la foto entre sus manos, la miró, la remiró y luego, sin decir nada, la volvió a soltar encima de la mesa. Se dirigió hacia su habitación y allí se quedó un buen rato.
Los días siguientes fueron de un gran trasiego. Los preparativos del viaje hacían que todos estuvieran nerviosos y ocupados todo el día. Había que preparar la habitación, hacer las compras y reservar el viaje.
En medio de todo este lío a Mari-Lú se le ocurrió una idea. Decidió romper su hucha y con el dinero que tenía comprar un pequeño regalo para Alba.
Le pidió a su mamá que la acompañara a la tienda y, después de mucho mirar, se decidió por una pequeña marioneta de tela, con carita de payasete de cuyas orejas colgaban dos cascabeles. Madre e hija quedaron encantadas con el juguetillo y volvieron a casa para guardarlo en la mochilita que Mari-Lú llevaría al viaje.
¡Y, por fin llegó el gran día!
Se levantaron muy temprano. Llegaron al aeropuerto cargados de maletas. Y, cuando Mari-Lú vio el inmenso avión en el que iban a viajar, un escalofrío de emoción le recorrió todo el cuerpo, se le pusieron hasta los pelos de punta.
- Mamá, ¿en un avión como ese vine yo cuando era pequeña?, preguntó un poco asustada.
- Sí, preciosa, papá y yo te trajimos en un avión como éste y, ahora, iremos los tres a recoger a Alba para traerla volando, volando con nosotros a casa.
Durante el largo viaje, Mari-Lú jugó, comió, coloreó, vio una “peli” de dibujos y, por fin, se durmió.
- ¡Despierta, hija!, le susurró su mamá, ¡hemos llegado!
Al abrir los ojos todo le parecía extraño. No sabía donde estaba. Sólo notaba cómo la llevaban de un lugar para otro. La subían en un coche, la bajaban, la subían en otro, la volvían a bajar, la volvían a subir... Pero, cuando estaba a punto de gritar, cansada de tantos viajes miró por la ventanilla y algo extraño ocurrió. No podía apartar la mirada de aquello que estaba viendo:
¡Ella conocía aquel lugar!
¡Ella había estado allí antes!
¡Aquella era la casa de “Las Princesas Preciosas”!
Su madre, que había estado observándola, le confirmó lo que ella sospechaba. Efectivamente, aquel había sido su primer hogar.
Cuando los tres descendieron del coche que los había llevado hasta allí, observaron que una cuidadora, vestida toda de blanco, los estaba esperando a la entrada del jardín. Se dirigieron a su encuentro y, tras un breve saludo, los condujo a través de largos pasillos hasta llegar una inmensa habitación, alegre y luminosa, donde un grupito de niñas jugaban sentadas en una mullida alfombra de colores.
- Ésta es vuestra hija, indicó la cuidadora tomando en brazos a una de las niñas más pequeñitas del grupo.
- Su nombre es Alba, porque nació con las primeras luces del amanecer.
Una emoción indescriptible se reflejó en los ojos de los padres de Mari-Lú.
Aquella pequeñina de carita redonda y mofletes sonrosados, que tantas veces habían mirado y remirado en la foto, estaba allí, delante de ellos y se morían de ganas de abrazarla.
Pero parecía que la niña no pensaba igual. Nada más verlos comenzó a llorar desesperadamente. Agarrada al cuello de su cuidadora, no había forma de acercarse a ella. Lo intentaron de mil formas y maneras, pero Alba no dejaba de llorar.
De pronto, Mari-Lú, que observaba aquella escena un tanto sorprendida, rebuscó en la mochilita que llevaba en su espalda, sacó la pequeña marioneta de trapo, se la enfundó en sus pequeños dedos y comenzó a moverlos rápidamente.
El ruidito de los cascabeles resonó alegremente en la habitación, mezclado con el llanto de la pequeña. En un instante, como por arte de magia, la niña dejó de llorar. Aquella carita, llena de lágrimas y mocos, se volvió curiosa hacia Mari-Lú, buscando de dónde procedía aquel tintineo. Ésta le mostró la marioneta, la hizo sonar de nuevo y, sorprendentemente, la carita de la pequeñina se iluminó con una sonrisa.
Alba quiso bajar al suelo y, con pasitos indecisos, se fue acercando al pequeño juguete que Mari-Lú tenía en sus manos. Cuando por fin logró hacer sonar los cascabeles, la sonrisa se convirtió en carcajada, primero una vez y luego otra y luego otra... y así hasta que consiguió que todos a su alrededor hicieran lo mismo.
Mari-Lú colocó el payasete de trapo en los deditos de Alba. Y así, con una mano ocupada en mover los cascabeles y la otra agarradita a la de su hermana, las dos caminaron, pasito a pasito, hasta el precioso jardín que había a la entrada de la gran casa. Allí, sentaditas en el césped, jugando y riendo, esperaron a que papá y mamá terminaran de arreglarlo todo.
Permanecieron juntas durante toda la tarde. Aquella noche durmieron juntas, en la misma cama, agarraditas a la marioneta de trapo.
Y, cuando pasados unos días, papá y mamá decidieron que había llegado la hora de volver a casa, Alba y Mari-Lú ya se habían hecho inseparables.
¡Ah! y aquella pequeña marioneta, con cara de payasete y cascabeles en las orejas, siguió siendo durante mucho, mucho tiempo, su juguete preferido.

sábado, 20 de septiembre de 2008

"Nacida del Corazón"

“Nacida del corazón”
Cuando Mari-Lú llegaba a casa cada día, acompañada de mamá, después de una divertida jornada de juegos en el cole, siempre había un ruidito que por habitual se había convertido en familiar. Se trataba de las pisadas convertidas en carreras que Pilu y Pelos recorrían a lo largo del pasillo hasta llegar a los pequeños pies de la niña.
Pilu restregaba su lomo gris de pelo corto y sedoso, mientras maullaba y miraba a Mari-Lú con sus grandes ojos verdes.
Pelos, en cambio, saltaba y ladraba de alegría mientras iba y venía de un lado para otro.
Pilu y Pelos, un gato y un perro; mejor dicho, una gatita y una perrita, que vivían en la casa familiar incluso antes de que Mari-Lú llegara a ella.
Hoy, papá, le tenía preparada una sorpresa: Pilu y Pelos estaban “preñadas”.
- ¿Qué es eso?, preguntó la niña.
- Significa, contestó papá, que pasados unos meses, Pilu tendrá gatitos y Pelos tendrá perritos.
Mari-Lú quedó encantada con la buena noticia y desde ese mismo momento comenzó a contar los días que quedaban para el feliz acontecimiento. Colocó un calendario de grandes números en la pared de su habitación e hizo que su padre le señalara con un gran círculo rojo la semana en la que los pequeños nacerían.
Cada día, al levantarse, Mari-Lú tachaba un día del calendario. Los días pasaban y Pilu y Pelos iban engordando cada vez más y más. Sus carreritas hacia la puerta de entrada, cuando llegaba la niña, eran cada vez más lentas, pero no menos cariñosos los gestos que los tres se dedicaban.
¡Y el gran momento llegó!
Hacía ya varios días que Pelos, la pequeña perrita de Mari-Lú, había tenido tres preciosos perritos de color canela, cuando una mañana, al levantarse, descubrió que Pilu, la gatita, también había tenido a sus pequeños gatitos durante la noche.
- ¡Mamá, mamá...! gritaba la niña corriendo muy nerviosa hacia la cocina.
- ¿Qué ocurre, hija?
- ¡Mamá, Pilu ha tenido hijitos!
- Sí cariño, contestó la madre. Ya me he dado cuenta. Esta mañana, al levantarme, he visto cómo nacía el último gatito.
- Mamá, ¿yo también nací de tu tripa? Preguntó la niña.
La mamá de Mari-Lú se quedó un ratito pensando y luego dijo:
- Veras, cariño, casi todos los niños y niñas nacen de la tripa de mamá y del corazón de papá y otros niños y niñas nacen del corazón de mamá y de papá.
- ¿Y yo, de dónde nací yo, mamá?
- Tú naciste de nuestro corazón.
- Papá y yo soñábamos contigo antes de conocerte. Cuando te vimos por primera vez, sabíamos que eras nuestra niña, la que llevábamos en nuestro corazón. Te cuidamos, te acariciamos cuando lloras, te llevamos al médico cuando estás malita, jugamos en el parque y hasta te reñimos cuando te portas mal. Por eso somos tus papás.
La niña miraba a su mamá con carita de no saber qué decir. Sólo se abrazó muy, muy fuerte a ella y se sintió muy, muy contenta de tenerla a su lado.
Los días iban pasando y los perritos de Pelos crecían fuertes y grandes. En cambio, los gatitos de Pilu parecían casi tan pequeñitos como el primer día. Además estaban tristes y apenas se movían.
Después de observarlos durante toda una mañana, Mari-Lú se dio cuenta de que aunque los pequeños gatitos intentaban acercarse a Pilu para mamar, ésta no podía casi moverse. Además no tenía leche y su aspecto era de estar muy enferma.
Mari-Lú se preocupó muchísimo al darse cuenta de lo que ocurría y así se lo contó a sus papás.
Los tres estuvieron pensando para encontrar alguna solución. Lo que estaba claro era que no iban a dejar que los gatitos murieran de hambre.
Pero una mañana, algo extraordinario ocurrió...
Ocurrió que cuando Mari-Lú fue a buscar a los pequeños gatitos para darles el biberón, éstos no se encontraban en su cestita. Después de buscarlos por un lado y por otro, al final los encontró en el rincón donde Pelos, la perrita, tenía acostados a sus cachorritos. Los tres perritos y los dos gatitos dormían juntitos y acurrucados. Además tenían las caritas manchadas de leche. ¿Qué habría ocurrido?
La niña corrió a contárselo a papá y mamá.
- ¡ Mamá, papá...! Los gatitos de Pilu están con los perritos de
Pelos. Y creo que han comido ya, porque están dormiditos y tienen las caritas manchadas de leche. ¿Qué habrá ocurrido?
Mari-Lú y sus papás se acercaron hasta el rincón de Pelos y, efectivamente, todo era tal y como la niña les había contado. Observaron a los pequeños en silencio, tenían la barriguita hinchada, y la perrita Pelos se encontraba tumbada y relajada, mirando a los cinco cachorros con mirada tierna y protectora.
Decidieron dejarlos descansar y esperar hasta más tarde para ver lo que ocurría.
Cuando llegó la tarde, la niña corrió de nuevo hacia el rincón de los cachorros para ver lo que pasaba. Y cual no sería su sorpresa al ver que los gatitos estaban mamando de la perrita Pelos…!
- ¡Mamá, mamá, los gatitos ya tienen quien los cuide!
- ¿Cómo dices? Preguntó su madre, asombrada.
- Sí, mira, Pelos se los ha llevado para cuidarlos. Los gatitos no han nacido de su tripa, pero ella los quiere igual…
Cuando llegó su papá le contaron todo lo que había ocurrido y después de asegurarse de que los cinco cachorritos estaban bien cuidados, limpitos y comiditos, decidieron pasar los tres juntos una tarde estupenda en el parque.
Y... así lo hicieron.

martes, 9 de septiembre de 2008

La Casa de las "Princesas preciosas"

En un país muy, muy lejos de aquí existe desde hace mucho tiempo una preciosa mansión rodeada de hermosos jardines y verdes parajes.
La llamaban “La Casa de las Princesas Preciosas”, ya que eran sólo niñas las que allí habitaban.
Cada día, al salir el sol, las habitaciones se llenaban de luz, colorido, risas y jolgorio. También de algún que otro llanto de aquellas pequeñinas a las que no les gustaba demasiado levantarse por las mañanas.
Pero me gustaría contaros la historia de una de estas niñas:
Su nombre era Luna, pero era tan pequeñita que todos la llamaban “Lunita”. La encontraron liadita en una manta de lana y acurrucadita en una cesta de bambú. La niña dormía y ni siquiera los rayos de luna que iluminaban su redonda carita, consiguieron despertarla. Por eso, la cuidadora que aquella noche la encontró en la puerta de la gran casa, decidió que Luna sería su nombre.
Lunita fue cuidada con cariño. Era una niña alegre y juguetona. Le gustaba correr, saltar, comer dulces y dormir la siesta. Pero lo que más, más le gustaba era sentarse a mirar la luna, desde su ventana, antes de quedarse dormida.
Lunita crecía feliz. Sus cuidadoras la mimaban, como al resto de las niñas, pero cada noche, al irse a dormir, la tristeza se colaba en su corazón, sentía que algo le faltaba. Por eso, al mirar la luna, le parecía ver en ella una inmensa sonrisa y una mirada cariñosa y protectora que la ayudaba a dormir.
Lo que no podía sospechar Lunita era que esa misma luna, a la que ella contemplaba cada noche, era también el punto de atención de “unos papás”.
“Unos papás” que desde hacía mucho tiempo también tenían una añoranza en sus corazones. Por eso, ellos también, cada noche miraban la luna y soñaban despiertos con que algún día su deseo se hiciese realidad.
¡Y el milagro ocurrió!
Los papás recibieron una carta venida de muy, muy lejos. Al abrirla, la carita de una preciosa niña de ojos luminosos y sonrisa picarona apareció ante ellos en una fotografía a color. Parecía que les estaba diciendo:
-¡Hola, ya estoy aquí, soy vuestra hija!
Dos lagrimones recorrieron sus mejillas y sin poder decirse ni media palabra se sentaron a contemplar despacio a aquella personita que aparecía ante ellos como si fuera un milagro.
Cuando se recuperaron un poquito de la emoción del principio, pudieron seguir leyendo todos los datos de aquella pequeña “princesa preciosa”.
¡Sorpresa, se llamaba Luna! Y había nacido en un país grandioso y lejano.
Como ya habréis descubierto, se trataba de nuestra amiga Lunita.
¡ Por fin Lunita tenía unos papás !
Los papás prepararon el viaje para ir a recoger a su hija con mucha ilusión. Compraron alimentos, ropa, zapatitos, juguetes y hasta un regalo muy, muy especial que cuando llegue el momento conoceréis...
Como el país donde vivía Lunita estaba muy, pero que muy lejos, decidieron viajar en avión para llegar lo antes posible. Y así, casi sin darse cuenta, el viaje había llegado a su fin.
Ambos, el papá y la mamá, se encontraron delante de “La Casa de las Princesas Preciosas”. Los dos, cogidos fuertemente de las manos, se acercaron lentamente hacia el interior del jardín. Allí, un montón de niñas corrían y jugaban en medio de una gran algarabía.
Ellos, creían ver en cada una de aquellas pequeñinas la redonda carita y la sonrisa picarona de su hijita. Pero no sabían exactamente cual de ellas era.
De pronto, a la mamá se le ocurrió una brillante idea. Rebuscó en su bolso y sacó de él una preciosa luna plateada que colgaba de un hilo invisible. Los rayos del sol la hacían brillar y lanzar destellos luminosos a su alrededor. De repente, una niña pequeñita, se quedó parada delante de la luna de plata. Sus rayos iluminaban su carita, sus ojos brillaban con una luz especial y la sonrisa picarona asomó a sus labios.
¡Allí estaba, justo delante de ellos! ¡Era Luna, su hija!
La niña cogió la luna de plata entre sus pequeñas manos, miró a uno, miró al otro y sin decir ni media palabra entraron juntos a la gran casa donde los esperaban las cuidadoras para recibirlos.
Os podéis imaginar todo lo que ocurrió después. La emoción y los sentimientos inundaron aquel lugar. La niña ya sabía que aquellos eran “sus papás” y que se iría con ellos a su nuevo hogar.
Estaba contenta, pero también dos grandes lagrimones salieron de sus ojos al despedirse de sus queridas cuidadoras y de la casa que la había acogido y donde había vivido hasta ese momento.
Se despidió de sus amigas y de su habitación y de la ventana por donde cada noche veía a la luna. Pero no se despidió de ella, de la luna, porque la llevaba entre sus manitas bien apretada. Además, había encontrado aquella sonrisa cariñosa y protectora, que le ayudaba a dormir cada noche, en las miradas emocionadas de sus recién estrenados PAPÁS.