viernes, 8 de enero de 2016



Padres terapéuticos

Hoy he escuchado, a través de “Escuela andaluza se salud pública”, la conferencia de Lose Luis Gonzalo Marrodán sobre “Vinculación y apego...”. A pesar de los años que llevo vinculada con el mundo de la adopción, mi reflexión ha sido: ¡ Cuánto me queda por aprender...!
Desde que adoptamos a nuestra hija, con 15 meses, ahora tiene 11 años, mi marido y yo no hemos dejado de informarnos y formarnos sobre todo lo referente al niño/a adoptado.
Me considero “una madre al pie del cañón” pero en muchas ocasiones es inevitable que nos surja la duda de estar haciéndolo bien o no...
Jose Luis ha comentado que en este camino, a veces, “sucede que se dan dos pasos hacia adelante y cinco hacia atrás...” ¡Verdad verdadera...!
Cómo me gustaría poder tener en esos momentos los recursos y conocimientos suficientes para poder ayudar a mi hija. El amor, el cariño, la paciencia, son imprescindibles, pero nuestros hijos/as necesitan “padres terapéuticos” que les ayuden a afrontar los momentos difíciles, llenos de dudas, miedos e inseguridades... Y por eso “seguimos en la brecha...”
Los libros de Jose Luis, su blog “Buenos tratos” y la posibilidad de escucharlo en alguna de sus charlas, son de gran ayuda para nosotros. Muchas gracias.

martes, 1 de diciembre de 2015

“Hoy te observo...”


Hoy te observo junto a la ventana, tus ojos miran queriendo llegar lo más lejos posible, como si por arte de magia pudieras hacer desaparecer los mares, las montañas, la distancia, el tiempo...
Creo adivinar en ti la duda de no saber cómo fue, qué ocurrió, por qué a ti...
La rebeldía, la tristeza, la contrariedad, propias de tu edad, se hacen gigantes cuando la sombra de la palabra “abandono” martillea en tu mente...

¡Ojalá hubiera sucedido de otra forma...! O quizás no...!
¡Ojalá pudiera evitarte ese sufrimiento...! O quizás no..!
¡Ojalá, ojalá, ojalá...!

Pero esta es nuestra historia, la más bonita del mundo para nosotros y de la que no cambiaría ni un punto, ni una coma... porque en ella estás tú...

Te secas la lágrima que corre por tu mejilla, sonríes al saber que te observo, todo el amor del mundo se refleja en tu mirada y pronuncias las palabras más dulces, más entrañables, más tiernas que una madre puede escuchar... “TE QUIERO MUCHO MAMÁ” Y el alma se me derrite y sólo alcanzo a contestar...  “Y yo a ti, mi princesa...”

martes, 10 de noviembre de 2015


 La niña de los ojos de almendra


A la niña de ojos de almendra le gustaba correr, saltar, comer dulces y dormir la siesta. Pero lo que más, más le gustaba era sentarse a mirar la luna, desde su ventana, antes de quedarse dormida.
        La niña de ojos de almendra crecía feliz. Sus cuidadoras la mimaban, como al resto de niñas, pero cada noche, al irse a dormir, la tristeza se colaba en su corazón, sentía que algo le faltaba. Por eso, al mirar la luna, le parecía ver en ella una inmensa sonrisa y una mirada cariñosa y protectora que la ayudaba a dormir.
        Una mañana de primavera, su cuidadora la llevó a la sala de visitas. Allí, un hombre y una mujer, la esperaban nerviosos y entusiasmados. Se miraron fijamente, se sonrieron, se acercaron despacio y pasaron el resto del día juntos.
        Al llegar la tarde, la niña de ojos de almendra, se despidió de sus amigas y de su habitación y de la ventana por donde cada noche veía a la luna... Pero no se iba triste, había encontrado aquella sonrisa cariñosa y protectora, que le ayudaba a dormir cada noche, en las miradas emocionadas de sus recién estrenados PAPÁS.

miércoles, 17 de junio de 2015

Una nueva vida...

Los primeros rayos de sol iluminaron la carita que asomaba dormida entre las mantas arrulladas. Una cesta pequeña apenas se distinguía entre los grandes escalones que llevaban a la entrada de un edificio frío y destartalado. Unos pasos se acercaron y pararon en seco. Al ver a la pequeña criatura acurrucadita, dormida, ajena al momento trascendente que estaba viviendo, la cuidadora la recogió con cariño y susurró en voz baja “ no temas pequeña...”
Dentro del orfanato decenas de cunitas acogían a los pequeños bebés de dos en dos, parecía que de este modo la soledad de las ausencias sería más leve...

Al otro lado de la calle, una mujer agachada por el dolor lloraba desconsolada, no podía hacer otra cosa... 

martes, 16 de junio de 2015

Gordita y Malanda


Hace muchos, muchos años, en un país muy lejano, había una región cubierta de grandes lagos y de verdes bosques, donde cada dos por tres había un castillo y en cada castillo vivía un príncipe o una princesa.

        Yo os voy a contar lo que le ocurrió a dos de estas princesas:
 Una de ellas, había nacido en primavera. Era rubia, simpática y sonrosada. Le pusieron de nombre Belinda; pero como nació muy rolliza y además le gustaba mucho comer, todos la llamaban cariñosamente  Gordita.
 La otra princesa había nacido un día oscuro y triste de invierno. Desde que nació no paraba de llorar y nunca quería comer, siempre estaba triste. Le pusieron de nombre Miranda, pero como era muy torpe al andar y siempre estaba tropezando y cayendo, la llamaban A Malanda.
Gordita y Malanda vivían muy cerca una de la otra, pero nunca se habían visto, mejor dicho, Gordita no conocía a Malanda, pero ésta sí conocía a Gordita, ya que cada tarde se asomaba a la ventana del torreón más alto del castillo para ver cómo su vecina jugaba, comía y se divertía con los demás niños que vivían por allí.
Malanda nunca quería bajar a jugar. Comía tan poco que casi nunca tenía fuerzas para correr y, además, siempre se caía al suelo cuando lo  intentaba. Tenía miedo de que los demás niños y niñas, príncipes y princesas se rieran de ella; por eso, se pasaba las tardes enteras asomada a la ventana, pero sin querer salir a jugar. Sólo le gustaba tocar el piano y, en realidad, lo hacía muy bien.
Mientras Gordita crecía alegre y juguetona, Malanda crecía triste y solitaria... y esto es importante tenerlo en cuenta para comprender lo que ocurrió después.

Cuando Gordita cumplió 12 años, sus padres dieron una gran fiesta e invitaron a todos los niños y niñas del lugar, incluida Malanda. Pero, como era de esperar, ésta no se presentó. La estuvieron esperando durante toda la tarde, incluso le guardaron un trozo de pastel de tarta y algunos regalos con sorpresa, pero al final, al ver que no llegaba, decidieron repartírselos entre ellos.
  Desde su alto torreón, la triste princesa, oía las risas y los cantos de la fiesta y ésto la puso todavía más triste. Se miró al espejo, ella tenía 11 años y lo que vio fue una niña delgadita y larguirucha.  Además, como nunca le daba el sol, tenía una piel descolorida y pálida. Ella creía que era muy fea y pensaba que era mejor mantenerse oculta.
Al año siguiente, cuando Malanda cumplió 12 años, sus padres, que estaban muy preocupados por ella, decidieron hacer una fiesta con todos los niños y niñas del lugar, para ver si su hija se alegraba. Hicieron invitaciones que repartieron por todo el lugar, adornaron el salón más grande del castillo, contrataron a músicos e incluso a una pareja de Asaltimbanquis@ para amenizar la fiesta... , en fin, todo estaba preparado a la perfección.
Todos los príncipes y las princesas, incluida Gordita, se sorprendieron mucho por la invitación, ya que ninguno conocía a esta princesa. Pero decidieron ir todos a conocerla y a llevarle cada uno un pequeño regalo. Gordita hizo unos pastelillos de chocolate, vainilla, fresa y crema, que estaban deliciosos. Todo el que los probaba, repetía. Otro niño le compró un lazo; otra niña unos pendientes; otro, una preciosa bufanda...

Cuando llegaron al lugar donde se iba a celebrar la fiesta cada uno fue colocando su pequeño regalo encima de una mesa, que había en el centro del salón. Éste estaba adornado con globos, cintas de colores, guirnaldas, etc...; pero no había ni rastro de la anfitriona, es decir, de Malanda.
Todos miraban de un lado para otro, sin saber qué hacer. De pronto, Gordita, vio asomar la punta de unos zapatos azules por debajo de una cortina roja.

-  ¡Ajajá... dijo, ya sé donde está! Está escondida detrás de la cortina. 
-  ¡Hola amiga!, dijo Gordita. Pero nadie contestó.
-  ¡Hola!, volvió a repetir.  ¿Estás escondida detrás de la cortina?
-  ¡Sí!, se oyó decir con una vocecita tímida y apagada.
- ¿ Por qué no sales de tu escondite?
- Porque me da vergüenza que me veáis. 
- ¿ Que te da vergüenza de que te veamos? ¿ acaso no eres una niña igual que nosotros?
- Sí, contesto Malanda, pero nunca he hablado con niños como vosotros.
- ¿ Cómo te llamas?, le preguntó de nuevo Gordita.
- Me llamo Malanda.
- ¿ Malanda?, 4 qué nombre más raro!
- Bueno, en realidad me llamo Miranda, dijo la niña desde detrás de la cortina; pero, como soy un poco patosa andando, me llaman A Malanda.
-  ¡Ah, ya!  Eso es como a mí, que me llamo Belinda, pero, como me gusta mucho comer, me llaman A Gordita.
- ¿ Ah...si... tú también tienes dos nombres...? preguntó la niña de nuevo.
 - Sí, contestó Gordita, pero no me importa, porque yo sé que me lo dicen mis amigos  con cariño. Pero a partir de hoy van a cambiar las cosas, a mí me llamarán Belinda y a ti, te llamarán Miranda. Se acabó lo de Gordita y Malanda.  ¿ Te parece bien?
-, contestó AMalanda, perdón... Miranda, sin salir de su escondite.
Todo parecía indicar que la situación inicial iba comenzando poco a poco a ser menos tensa y que Gordita, perdón, Belinda estaba consiguiendo ganarse la confianza de Miranda, por eso continuó preguntándole:
- ¿ Quieres comer algo?
- No. Yo no como casi de nada, dijo ella. No me gusta la comida.
- ¿ Cómo que no te gusta la comida? Tú no has probado mis pastelillos. Te aseguro que están riquísimos. Toma uno. Pruébalo.
 Miranda sacó una mano de detrás de la cortina para coger el pastelillo.
-        ¡Oh...qué mano más bonita!, dijo Belinda.
 ¡Qué dedos más largos! Seguro que sabes tocar el piano muy bien.
- ¡Sí!, dijo Miranda, más animada. Lo toco desde pequeña; en realidad, no sé hacer otra cosa más que tocar el piano.
- Te propongo un trato, dijo Belinda, yo te enseño a bailar y tú me enseñas a tocar el piano ¿ vale?
Cuando Miranda oyó aquella propuesta, se quedó un poco asombrada; pero, poco a poco su actitud comenzó a cambiar. Casi sin quererlo, fue asomando un lado de la cara,  después el otro, luego sacó medio cuerpo... y así hasta que salió toda entera de su escondite. Se colocó muy decidida en medio del salón y dijo:

- ¡Vale!, ¿cuándo empezamos?
Todos los niños comenzaron a aplaudir y a gritar:
-  ¡Bravo!, ¡bravo!
Bailaron, jugaron, rieron, gritaron y se lo pasaron estupendamente durante toda la tarde. 
Desde aquel momento Belinda y Miranda fueron muy buenas amigas y cada una cumplió su promesa de enseñar a la otra. Por eso Miranda se convirtió en una estupenda bailarina y Belinda fue poco a poco aprendiendo a tocar el piano.
- ¡Ah! Y ya nadie más las volvió a llamar Gordita y Malanda, todos las llamaban las princesas Belinda y Miranda.
Nunca más se habló en aquel lugar de la princesa triste y como eran tantos príncipes y princesas, casi todos los días había un fiesta de cumpleaños en alguno de los castillos.

     Y... así ocurrió y así fue, como me lo contaron te lo conté.



miércoles, 18 de marzo de 2015

Momento trascendente



Hace unos días, cansada de estar todo el día de un lado para otro, me encontraba echada en la cama estirando un poco las piernas y la espalda. Mi hija se acercó a mi, se acostó a mi lado y me dijo:mamá, lo que más me gusta es estar contigo, acostada a tu lado...
Se acurrucó a mi lado, colocó su cabeza cerca de mi pecho, como si quisiera escuchar los latidos de mi corazón, agarró una manta pequeña que había cerca y se tapó entera... Así permaneció callada durante un buen rato, respirando pausadamente... era lo más parecido a la posición de un bebé dentro del útero materno... Mi hija estaba viviendo esa experiencia y yo la acompañaba en silencio...
Me abrazaba, besaba y acariciaba mi cara con su cara, repitiéndome constantemente lo mucho que me quería... La palabramamála pronunciaba una y otra vez, como si necesitara empaparse de ella... Vivimos un momento mágico y trascendente, ella y yo.
Espero y deseo que momentos asi se repitan con frecuencia. Serán momentos para consolidar el vínculo de apego, para fortalecer nuestra unión y para que mi hija siga confiando en que la adopción es para siempre...
M.E. Madre de una niña de 11 años

lunes, 8 de octubre de 2012

¡Andrés, vive al revés...!

La historia que os voy a contar puede pasarle a cualquiera, sobre todo si sois de ese tipo de niños o niñas a los que les aburre muchísimo hacer siempre lo mismo.


Esa es la historia de Andrés, un niño que decidió “vivir al revés”.

Cierto día, Andrés, cansado y aburrido de hacer siempre las mismas cosas todos los días y casi a la misma hora, decidió que había llegado el momento de cambiar, y así lo hizo…

Aquella mañana, al levantarse, no se peinó ni se lavó los dientes.

Se colocó los zapatos al revés. En vez de desayunar cenó y para ir al colegio se fue caminando hacia atrás, parecía que en vez de “ir” “venía”.

Todo el mundo lo miraba extrañado; sobre todo, sus compañeros de clase, que no supieron qué contestar cuando al entrar en el aula en vez de decir “hola” dijo “adiós”.

Don Juan, el maestro, repartió los cuadernos y las fichas de trabajo para que cada niño realizara sus tareas. Pero, Andrés comenzó a trabajar por el final.

Escribió los números del cien al cero, leyó un cuento empezando por la última página y a la hora del recreo primero se comió las chuches y después el bocadillo.

Cuando sus amigos le invitaron a jugar al fútbol, todos se quedaron “boquiabiertos” al ver que marcaba un gol en su propia portería. Como es lógico no quisieron seguir jugando con él.

Al volver a su casa, por supuesto caminando al revés, su madre le tenía preparado un exquisito plato de patatas y un sabroso y fresquito helado de fresa para el postre. Pero Andrés decidió tomar un gran tazón de leche con cereales y nada más.

Sus padres, sus amigos, su maestro y todos los que le conocían no sabían por qué el niño actuaba así. Le habían preguntado una y otra vez pero él nunca respondía con claridad, sólo decía que había decidido “vivir al revés”.

Pasó un día, pasaron dos y tres. Y una semana y dos y tres. Y un mes y dos y tres. Y Andrés seguía haciéndolo todo al revés.

Al principio toda esta historia le parecía muy divertida, sobre todo porque su vida había dejado de ser aburrida y, además, conseguía que todo el mundo estuviera pendiente de él. Pero pronto las cosas comenzaron a cambiar…

Una noche, mientras se peinaba para acostarse, se dio cuenta de que no alcanzaba bien a verse en el espejo, parecía que había “encogido…”

Al levantarse por la mañana, observó que los pantalones le quedaban un poco grandes, al igual que la camisa. Pero no quedó ahí la cosa, también descubrió con muchísima vergüenza que la cama estaba mojada ¡se había hecho pis…!

Cuando al llegar a clase comenzó a trabajar en las fichas que su maestro le entregó, Andrés se dio cuenta de que había algunas actividades que no sabía hacer. Esto le pareció un poco raro, además, cuando hablaba con sus amigos, éstos se reían de él porque no pronunciaba bien algunas palabras…

- ¿Qué me está ocurriendo? se preguntó…

Después de mucho pensar y pensar y pensar, llegó a la conclusión de que algo terrible le estaba pasando, en vez de crecer se estaba haciendo cada vez más pequeño…

¡Claro…! tanto había querido “vivir al revés” que, incluso, en vez de cumplir años los iba descumpliendo. ¡Se acabaría convirtiendo en un bebé…!
¡Oh, Dios mío, qué desgracia!, ¿cómo podía parar todo aquello?

Ya no resultaba tan divertido hacerlo todo al revés, pero ¿qué podía hacer…?

Andrés no  se atrevía a salir a la calle, pasaba el día en el desván de su casa.
De pronto, llamó su atención una pequeña caja de madera que estaba casi escondida debajo de un viejo sillón, que había pertenecido a su bisabuelo. La cogió con cuidado, la abrió y sacó de su interior un precioso reloj de arena, que estaba acompañado de una nota que decía:

“Soy la medida del tiempo si me utilizas bien recuperarás todo el que hayas perdido”

Dando un salto de alegría exclamó:

- ¡Lo encontré, aquí está la solución a mi problema!

Bajó corriendo las escaleras, entró en la cocina y le enseñó a su madre lo que había encontrado.

- Ah, sí, dijo ella, este reloj me lo regaló mi padre porque había pertenecido a mi abuelo. Pero es un reloj un poco extraño, sólo funciona al revés. La arena en vez de bajar, sube. La verdad es que no sé muy bien para qué sirve...

Andrés coloco el extraño reloj en su habitación y esperó a que la arena subiera una y otra vez, una y otra vez… hasta recuperar todo el tiempo perdido.

Y así fue como poco a poco el niño fue volviendo a la normalidad.

Volvió a crecer día a día. Comenzó a entenderse y a jugar con sus amigos, no volvió a mojar la cama de noche… y al pasar unos meses pudo celebrar su cumpleaños junto a su familia y amigos.

Nunca se le volvió a ocurrir “vivir al revés”, por los menos no de una forma tan descarada…

De mayor siguió siendo un poco rebelde, pero, claro está, todo dentro de unos límites.

¡Ah! Y también siguió ayudando con el mágico reloj a otras personas que por una razón o por otra habían “perdido su tiempo”.


Y... así ocurrió y así fue, como me lo contaron te lo conté.