
Una mañana de primavera, su cuidadora la llevó a la sala de visitas. Allí, un hombre y una mujer, la esperaban nerviosos y entusiasmados. Se miraron fijamente, se sonrieron, se acercaron despacio y pasaron el resto del día juntos.
Al llegar la tarde, la niña de ojos de almendra, se despidió de sus amigas y de su habitación y de la ventana por donde cada noche veía a la luna...
Pero no se iba triste, había encontrado aquella sonrisa cariñosa y protectora, que le ayudaba a dormir cada noche, en las miradas emocionadas de sus recién estrenados PAPÁS.
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